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Si hay una fiesta en Galicia que muestre con toda claridad la relación sin complejos y la naturalidad con la que el gallego convive con la muerte esa es la Festa das Mortallas de A Pobra do Caramiñal, una antiquísima y respetada tradición que suscita de forma irremediable el asombro de los foráneos. ¿Una procesión de ataúdes? ¿Y también de ataúdes blancos de los que se pone a los niños? Pues así es. Son los féretros de los ofrecidos, aquí también llamados nazarenos. Ellos y sus familias dan gracias de este modo al Santísimo por su intercesión ante la muerte, después de alguna grave enfermedad o accidente.
La puesta en escena de la procesión de As Mortallas es, sin duda, impresionante. Siguiendo el féretro que los habría acogido, que es portado por sus familiares, los ofrecidos van vestidos con su hábito mortuorio, morado, como el del Cristo, si son personas casadas o viudas, o blanco si son niños o mozas, y llevan un gran cirio en las manos. Miles de personas de todas las edades acuden a esta procesión con gran fervor religioso, muchas de ellas también ataviadas con una túnica morada, algunas descalzas, y portando cirios con exvotos colgantes, dando gracias por los favores recibidos o pidiendo buena salud para ellos y sus allegados. La procesión hace un largo recorrido por el casco urbano de A Pobra: tras la figura de Jesús el Nazareno, sale de la iglesia de Santiago do Deán, recorre el casco veijo y la carretera principal y regresa a la iglesia.
Las raíces de esta tradición a la que alude Valle-Inclán en sus “Comedias Bárbaras” se hunde en el siglo XV. Cuenta la leyenda que unos salteadores fueron apresados y condenados a muerte en A Pobra. El regidor que debía llevar a cabo la sentencia enfermó gravemente y, tras encomendarse al Nazareno la víspera de su festividad, recuperó la salud. Cuando llegó la hora de la procesión, acudió al cortejo amortajado y mandó que los condenados portasen su féretro durante la procesión. Al llegar al atrio, invocó a Cristo e indultó a los condenados. 

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